Artículo II-74.2
Este derecho incluye la facultad de recibir gratuitamente la enseñanza obligatoria.

Una de las grandes ficciones del estatalismo es la de hacernos creer que, gracias a su mágica intervención, todo es gratis. La Unión Europea, en su Constitución, reafirma esta peligrosa ficción al instituir un derecho positivo a una educación gratuita.
Sin embargo, este derecho es de imposible cumplimiento a no ser, claro, que se institucionalice la esclavitud. En tanto en cuanto los profesores, los constructores, las editoriales, los servicios de limpieza o los conserjes quieran cobrar por su trabajo, la educación no será gratuita.
La cuestión que plantea la educación pública no es tanto si la educación debe ser gratuita o no, cuanto
quién debe pagar esa educación. El socialismo irresponsable asegura que deben ser los ricos quienes paguen la enseñanza a los pobres; no obstante, este criterio es del todo arbitrario y provoca un preocupante abuso de unos servicios cuya apariencia de gratuitidad–como maná caído del cielo- redunda en un incremento continuo de los costes.
La rígida financiación tiene que extender su base cada vez más hasta las clases medias y medias-bajas, mientras los costes siguen in crescendo. Las exacciones públicas sufren incrementos imparables sin que ello, dado el paralelo aumento de costes, provoque una consecuente mejora de la calidad.
De hecho, podemos señalar que la misma
imposibilidad teórica del socialismo es aplicable a su financiación pública. El Estado gastará ciegamente nuestro dinero allí donde los grupos de presión le fuercen a hacerlo. No mejorará la calidad, sino que consolidará el nivel de vida parasitario de aquellos que puedan manejarlo.
Sin embargo, aún más problemático, si cabe, que la financiación pública de la enseñanza, es la sanción de su obligatoriedad. Ya se ha indicado que está responsabilidad
corresponde plenamente a los padres. Ellos son quiénes tienen que decidir, no sólo el centro y la duración de la escolarización, sino, incluso, si debe existir esa escolarización o no.
No en vano, la educación pública surgió, en palabras de su primer impulsor, el filósofo germano Johann Fichte, para moldear a la persona, y moldearla de una manera en la que simplemente sea incapaz de querer otra cosa que aquello que tú quieres que quiera.
La educación pública, obligatoria y ficticiamente gratuita sólo sirve para adoctrinar a los individuos, para generarles un vínculo, casi irrompible, con la casta estatal. Los burócratas de Bruselas saben perfectamente su status privilegiado como chupópteros depende, en buena medida, de que sean capaces de moldear las mentes de los recién nacidos. Para ello, nada mejor que asegurarse su paso por los centros públicos. Y para asegurársela, nada mejor que una financiación externa –que perpetúe su mala calidad- y la obligación de asistencia durante, al menos, unos 10 años. Que nadie se les escape de su lavado de cerebro.